Abrazado a la tristeza

Abrazarse a la tristeza es un estado doble: es temporal, en el sentido de que no siempre está ahí para rodearla. Pero es permanente, en el sentido de que acabas dejando que sea tu compañera de abrazo y la quieras a tu lado. Tenemos la tristeza relegada a un plano de desdén. No la queremos aunque forme parte de la vida. De algunos, mucho, y de otros, menos. Pero no hay nadie que haya vivido y no la haya experimentado de una forma u otra. La tristeza es parte de la vida. Es parte de nosotros. Pero adoptarla como compañera de viaje nos hace ser, eso, tristes. Melancólicos. Nos hace regodearnos en eso que nos daña.

Es difícil explicar cuando uno abraza a la tristeza porque está dentro de su ser. Cuando la apatía, la melancolía, ese sentimiento de desdicha no es que forme parte de ti, es que es donde a veces, te sientes, más cómodo. No es que tú seas triste. De hecho, puedes ser una persona muy alegre (para los demás). Alguien que hace reír. Alguien que hace sentirse bien a los demás. Alguien que divierte. Eres alguien con quien la gente quiere estar. Pero la señora «T» sigue ahí. Dentro de ti. No sabes ni siquiera dónde está. La buscas para sacarla. Tú, no quieres estar así. No quieres sentirte así. No quieres ser una cosa y reflejar otra. Pero… no la encuentras. No lo entiendes. ¿Dónde está? Buscas y rebuscas y nada. La escuchas. ¿Ahí? No, ahí tampoco. ¿Ahí? Parece que tampoco.

Y entonces te adaptas a ella. Te despiertas por la mañana y ella te abraza. Te acuestas por la noche y ella te arropa. ¿Sales de fiesta? No te preocupes, en ese momento justo en el que te miras al espejo tras 5 copas, 3 cervezas y 2 rayas, ella te sonríe y te besa. Ahí está. No te abandona. Nunca lo hace y nunca lo hará.

A veces, parece que se va de vacaciones. Tus hijos te hacen sentir la persona más afortunada del mundo, pero ella vuelve justo antes de dormirte y te recuerda que sigue ahí contigo. Tus hijos son importantes. Pero ella, más.

Tratas de olvidarla. Pero es como esa novia de la adolescencia a la que querías hasta morir. No se va tan fácilmente de tu cabeza. Ella no quiere irse, quiere estar contigo.

Te acostumbras. Es parte de ti. Es como ese grano de la espalda o el furúnculo del culo. Te resignas a que a veces pica, duele y molesta, pero no hay nada que puedas hacer para que se vaya. Lo normalizas. Y entonces es cuando se apodera de ti. Es como un cáncer. Empieza con una zona y poco a poco va avanzando la metástasis. Cuando te das cuenta, no puedes hacer nada. Tú eres tristeza. Pero lo peor es que eres una tristeza fantasma. Tu familia no se da cuenta, porque has aprendido a interiorizarla, a que nadie la vea. Tú la escondes. Ella se esconde. Es vuestro trato.

Y por la noche, de nuevo, os abrazáis.