El lavavajillas

Necesito un lavavajillas. El lavavajillas no sirve solo para lavar platos, vasos y cubiertos. Lava la soledad.

Comprarme 12 vasos grandes de Ikea, 8 vasos con forma de lágrima y una vajilla parecía tener lógica en la mente de alguien que espera visita y donde quiere que sus invitados no tengan que beber a morro, comer con las manos o directamente de la olla. Pero las visitas, son ocasionales, esporádicas.

El día a día solo requiere un vaso, un plato. Un vaso y un plato que en una persona como yo, se limpian tras comer. No quedan para la noche, no quedan para el día siguiente. A falta de lavavajillas, se limpian y se guardan en ese hueco del armario preparado para dejar los platos mojados y que recudan.

Y llega la noche, y abres el armario para coger un plato. Y las paradojas de la vida quisieron que decidieras colocar la vajilla justo encima del hueco donde se secan los platos mojados. Y ves el plato de la comida.

¿Para que coger uno de los apilados en la vajilla, si el que usaste esta mañana, esta seco?

Y el vaso, igual.

Y el tenedor. Y el cuchillo.

Y la taza del café.

Así, día tras día. Comida tras comida. Uno, y solo uno.

Por eso necesito un lavavajillas. Para vaciar el armario donde tengo apilados los platos. Para que el número de vasos que tengo descienda. Para que cuando desayune, coma o cene, vayan al lavavajillas. Y en la siguiente comida, cogerás otro, y otro. Pero dejarás de ver siempre ese plato, vaso y taza solitaria donde recuden el agua.

Ese plato mojado.

Que te recuerda que estás solo.