
A lo largo de mis ya 40 años he escrito muchas cosas. Me encanta escribir, al igual que me encanta leer. Leyendo he sido capaz de ahondar en lo más profundo de mi interior gracias a textos (frases, párrafos, capítulos y libros enteros) que me han permitido entenderme mejor a mí y a los demás. O confundirme, porque a veces hace falta confundirse para progresar. He visto en la lectura, y por lo tanto, en la escritura, un enorme poder.
Para mí, escribir ha sido muchas veces un bálsamo. Cada letra. Cada palabra. Cada frase. A veces muy medida y pensada. A veces simplemente dejándome llevar. Pero me ha permitido soltar. Me ha permitido sentirme, aunque fuera por un rato, bien.
Llevo años escribiendo. Desde pequeño. Siempre recuerdo como en el colegio una profesora me instó a escribir frases más complejas para poder mejorar mis aptitudes de escritura. Y tengo ese recuerdo de esas frases que escribía y cómo ella y mis compañeros me «admiraban» por esa capacidad. Quizás eso nunca ocurrió, pero es un recuerdo que tengo instalado dentro de mí. Un recuerdo que me ha permitido siempre asociar la escritura a algo positivo, algo curativo.
He escrito mucho. De adolescente escribía en fotolog, en un blog. Escritos que ya no están, y que me da mucha pena no haberlos mantenido. De adulto estuve muchos años sin escribir. La vida… simplemente no me dejaba, o consideré que no era importante.
He escrito mucho en este blog sobre escribir y muchas otras cosas. He escrito mucho. Me gustaría decir que he escrito sobre cosas alegres, pero salvo el nacimiento de mis hijos, creo que el resto no es alegre. Lo demás ha sido una manera de poder sobrellevar ciertas cosas. De poder expresar cosas que no me he atrevido a decir de viva voz, o que las he dicho sin ser totalmente sincero, omitiendo cosas, o simplemente, vistiendo mis palabras para engañarme a mí mismo y a los demás, de que soltaba un lastre que realmente mantenía. Me ha costado mucho siempre decir según qué cosas, y me ha resultado más fácil escribirlas, aunque no siempre haya sido claro, no siempre haya sido fiel a mí mismo.
He escrito cosas muy difíciles de procesar incluso para mí. He vomitado frases que me quemaban. Una de las más recientes, sinceras y duras de hecho fue precisamente analizar la tristeza que sentía últimamente (https://naraka.es/abrazado-a-la-tristeza). Pero incluso esa, que me abrasaba los dedos al salir, se queda en cierta medida corta con lo que hoy pretendo afrontar aquí.
Tanto preámbulo para… postergar el empezar. Porque me da mucho miedo escribir lo que quiero decir. Pero también para tratar de hacer entender por qué necesito escribir lo que voy a escribir.
He tenido situaciones y decisiones difíciles en la vida, como todos. La vida no es fácil en general para casi nadie. Todos tenemos… algo. Nuestras cosas. A ojos de los demás, hay cosas que pueden parecer superficiales e insignificantes, pero no significa que a quien las pase, no le duelan, no las sufra, no las sienta. El sufrimiento no es que sea subjetivo, es que la percepción de cada uno es muy suya, y no todos sentimos igual determinadas cosas.
La vida es… muy complicada. No es baladí la manida expresión de que da muchas vueltas. Es que está girando, de forma continua, sin parar. Y con tanto giro, todo cambia, todo se descoloca. Es de ilusos pensar que las personas nos mantenemos inalterables. Que no cambiamos. No somos elementos estáticos. Cambiamos. Cambia nuestro físico, nuestra apariencia. Cambia lo que pensamos. Cambia lo que sentimos. Y no siempre lo hace quizás para lo que uno podría pensar que es “el bien”. No siempre cambiamos para bien.
Definir si cambiamos para bien o para mal a veces es muy complicado y muy sesgado. Es muy difícil que uno mismo reconozca que sus cambios no son para bien. Nos cuesta asumir y reconocer que lo que ahora somos, en lo que nos hemos convertido, no es una versión mejor de nosotros mismos.
Cuando cambiamos, todo cambia. Puede parecer redundante y… simplista, pero es así. Cambia como somos, y por lo tanto cambia lo que sentimos, y lo que queremos, y cómo nos relacionamos. Y eso provoca que también cambien los demás con respecto a nosotros: cambia cómo se relacionan con nosotros, cómo se sienten con nosotros, lo que quieren de nosotros. En general, cambia el nosotros.
A veces esos cambios no son especialmente “importantes” para ti y para los demás. A veces son inocuos. O son soportables. O incluso, positivos. No todos los cambios son malos. Ni tampoco necesariamente buenos.
Pero cuando esos cambios no son compatibles con quien te rodea, con quien te quiere, la cosa se complica. Todo se vuelve difícil. Y más aún cuando uno no entiende sus cambios. No entiende por qué se producen. No sabe revertirlos. Se vuelven incontrolables. Como si tuvieran vida propia. Se apoderan de ti, de tu vida. Y entonces es cuando empieza una cuenta atrás, aunque tu no lo sepas, que te condicionará toda tu vida.
Mi familia siempre ha sido lo más importante para mí, aunque creo que no he sabido ni demostrarlo ni hacérselo saber con palabras. Es paradójico que sea a veces una persona tan parca en palabras. En ciertas palabras. Pero es así. Creo que no he sabido nunca acabar de decir esas palabras que los demás quieren o necesitan. Y creo que no he sabido ser capaz de demostrarlo siempre. Sobre todo, cuando hacía falta. Cuando lo necesitaban, todos y cada uno de ellos, a veces individualmente, y a veces todos a la vez. Todos saben quiénes son, pues mi familia no se limita a mis padres y hermanos, y ahora a Laura, Ares e Izel. Hay muchos más, aunque los pilares, y no voy a ser hipócrita, siempre hayan sido mis padres, hermanos, Laura y Ares e Izel.
Mi familia ha sabido siempre que soy una persona… compleja. Bajo una apariencia, para los que no me conocen y se quedan con lo físico, quizás ruda, y para quienes me conocen, quizás alegre y extrovertida, siempre ha habido algo más ahí que no ha sido fácil de identificar. Ni siquiera yo mismo nunca lo he acabado de entender. Esa tristeza perenne de la que hablaba hace poco siempre ha estado ahí, latente, saliendo de vez en cuando a abrazarme, a besarme. Me recuerda a ese pájaro azul del que Bukowski hablaba en su poema. Ese pájaro que quiere salir y al que ahogaba con alcohol.
Los cambios en mi vida, como en la de todos, han sido continuos. Y algunos se han aguantado por parte de mi familia como buenamente han podido. Siempre he pensado que la vida es muy corta como para estar aguantando las mierdas de los demás, y más cuando esas mierdas te están consumiendo. Mis cambios… se han complicado. Mucho. Y se han hecho insostenibles. Para Laura. Para mis hijos. Para mí. Esos cambios… están vivos. Están dentro. Los noto moverse. Los noto colonizar mi ser poco a poco. No son cambios temporales. Han venido para quedarse. Han venido a ocupar mi lugar. Es lo que quieren.
Esos cambios me están convirtiendo poco a poco en algo que no quiero. No voy a ocultarme. No voy a justificarlos. Muchos de esos cambios han hecho de mí algo peor. Algo que no quiero ser. Algo que no se porta bien con mi familia, en especial con Laura, Ares e Izel. Y eso ha sido para mí una línea roja en la que ha habido que tomar decisiones. Y una de esas decisiones ha sido precisamente la que hoy quería afrontar en estas líneas.
Me da miedo verbalizarlo. Me da miedo escribirlo. Llevo semanas con una montaña rusa emocional en la que he sentido felicidad y alivio al sentir que tomaba la decisión correcta y hacía lo correcto y acto seguido he pasado a hundirme en la tristeza y desesperanza más absoluta. Separarme de ellos, dar un paso a un lado y que dejemos de ser la familia que somos (a día de hoy, realmente, éramos), es la decisión más difícil que jamás he tomado. Reflexionar y darme cuenta de que era mucho mejor dar ese paso que seguir haciéndoles y haciéndome daño ha sido lo más duro a lo que me he enfrentado jamás.
Mis hijos son para mí lo más importante de este mundo, y nunca, nada, jamás hará que eso cambie. Su felicidad y bienestar siempre ha sido y será mi prioridad más absoluta en este mundo, por encima de todo. Por encima de mí. Pero hay cosas, hay cambios, que son imposibles de controlar. No hay fuerza de voluntad que controle cómo funciona nuestra cabeza, que controle nuestra química, que controle nuestra mente. No totalmente. Ni la química externa a veces permite controlar todo ese torbellino de sensaciones y sentimientos que se apelotonan en tu interior, intentando salir, intentando escapar.
Y luego está ella. Luego está Laura. Y aquí todo se complica aún más. Porque mis hijos, seguirán estando ahí, y seguirán siendo mis hijos a pesar de todo. Seguiré estando con ellos, seguiré viéndolos, seguiré cuidándolos y seguiré queriéndolos. Pero ella no. No al menos como lo que éramos. Dejaremos de ser. Es la idea precisamente de todo este proceso, porque esos cambios eran incompatibles con un “nosotros”. Es la idea detrás de todo esto: dejar de ser un nosotros, para ser un el y ella. El nosotros dejó de ser compatible. Nosotros empezó a ser sinónimo de daño mutuo. Daño que se trasladaba a ellos.
Los cambios. Los cambios que no son más que parte de la vida son los que han provocado esto. No culpo a nadie. No culpo a Laura. Incluso… no me culpo a mí totalmente en el fondo (en el fondo, en la superficie, un poco). Porque lamentablemente ha sido una situación que ha sido… inevitable. Creo. No lo sé. La vida ha seguido girando, dando vueltas, ha seguido cambiando, ha seguido evolucionando y ha acabado en esto.
Me digo a mí mismo y a los demás que no es un drama. Esto ocurre a diario. Nadie se ha muerto de esto. Se pasa mal. Se pasará mal. Muy mal. La tristeza nos abrazará aún más durante un tiempo, pero incluso esa tristeza acabará yéndose. Acabará huyendo. El tiempo es el único aliado en esta lucha.
Cambios. Cambios que generan soledad a pesar de estar rodeado de gente. Cambios que te impiden hablar, aunque estés gritando por dentro. Cambios.